Oscuridad total; monstruo infinito, abrumador, allí estaba sin mis sentidos  la ausencia del suelo  y del aire, alguna continuación  que depura mis dedos a la ráfaga del viento que viaja hacia alguna dirección. Es un hueco negro donde se aferra la nada , en la tajante perdición de este vacío que revuelve mi cuerpo asustado y olvidado.

Ninguna esperanza de ayuda, sin objetivo, nada a donde ir.

De repente descubrí la gravedad, ella me abrazo y empujo mis huesos al sendero inútil y tortuoso sin saber hasta donde llegaría tan inmensa caída. El grima era grande y ese dolor en medio de mi piel es insoportable, el vértigo me invade.  A los pocos segundos del desplome pude leer una mezcla de colores infinitos, con un toque de fluido, no podría describir tan sublime instante, una luz dorada se convertía en un espiral que toma mi mano y me jala hacia el abismo, ese miedo se había desvanecido, me habría acostumbrado a los múltiples decesos y me inquieta la posibilidad de no poder borrar aquellas formas incomprensibles que dibuja una mezcla adictiva. En un momento sentí besar el suelo, el dolor nunca se presento de aquella obra de pinceladas tornasoladas tan sólo volvió a quedar las tinieblas imprimidas en mis pupilas.

Acostado en la opacidad sórdida, sin ningún sentimiento, me aferre al prado de las mañanas cubierto por el rocío, junto con un aroma peculiar que me absorbía, mis manos se humedecían con un líquido tibio y agradable en un vergel tan leve que se pudiese comparar con tan finos cabellos.

Estaba allí tirado mirando hacia la vastedad del universo que acoge todas las formas de vida, este ente redondo que crea y destruye, aquel circulo que nos encierra al misterio que sólo el puede entender, inmóvil mi  masa maravillada y hasta agradecida por poder apreciar aquella obra que pocos tienen acceso.

Me fije en el bosque extraño que soplaba mis discernimientos en múltiples direcciones, los troncos eran blancos y luminosos, no tenían hojas, ellas no caen por la gravedad solo flotase de una manera explicita, yo allí sorprendido sin poder siquiera levantar mi cuerpo pesado, donde no hay nada, ni nadie que me levante y comience a escribir.

 

Juan Carlos Gonzalez Perez – Maria Fernanda Chambueta Cardozo

Parásito