Llamaron a la puerta, al abrir, dijeron
–Tranquilos nosotros los protegeremos.
Tranquilidad porta un disfraz, luce  soberbia
Opresión quien suplanta a protección, le acompaña
Han llegado para quedarse, y la próxima vez
No tocaran la puerta.

La Policía como fuerza de seguridad del Estado mantiene el orden público. El Estado tiene la facultad para limitar los derechos y las libertades individuales  en beneficio de la comunidad, en teoría. El poder de los pocos sobre los muchos, esos muchos que sin autoridad difícilmente pueden coexistir. Prescinden de la razón a diario.

Me atrevería a decir que el poder y todos los recursos que este proporciona,  es una de las motivaciones por las que una persona bachiller, menor a 27 años y sin antecedentes penales  disciplinarios, o contravencionales (lo que no garantiza que un individuo sea buena persona) aspira a hacer parte de la Policía. Cualidades como el amor, la solidaridad, el proteger a los demás, convence a pocos y dudaría que éstos decidan ejercer bajo esta doctrina. Se creería que los prosélitos  captados para mantener el orden reciben una preparación adecuada, educados, sensibilizados y humanizados en pro de ejercer su servicio, que abarca satisfacer las  necesidades esenciales para la vida en comunidad.  Apartado de donde se conciben tan cándidos ideales, hemos constatado que estás personas  – sintientes, dolientes y que también van al baño-  dotadas de un uniforme, armas y poder están lejos de tener una actitud impoluta y apta para cumplir su labor. Como comunidad, hemos forjado una austera relación con ellos, engendrando así múltiples episodios de violencia.

La reciente propuesta a la reforma del Código de Policía, que continuará en debate después del 20 de julio en Plenaria, sostiene que habrán multas, sanciones y pago de servicio social para los ciudadanos que no se acojan a la norma. Reforma  que inviste a la policía para tomar acciones en situaciones como el ruido , en donde podrán ingresar y “desactivar la fuente del ruido”, incluso en sitios de culto. Si encuentran a una persona fumando marihuana podrán conducirla a un sitio de “asistencia especial” en donde permanecerá hasta 12 horas. Sanciones por darle un mal uso a la línea de emergencias, sacar la basura en el horario que no corresponde. Detención preventiva a personas en estado de embriaguez o exaltación, entre otras. Además podrán ingresar a los domicilios sin una orden escrita en casos donde deban preservar la seguridad. En casos de “alteración de la conciencia por sustancias alcohólicas o psicoactivas, en riñas, en persecución de una persona o cuando se altere la convivencia”. Este aspecto en especial genera un gran malestar, como lo estableció el senador Armando Benedetti – el nuevo Código, “acaba con algunas de las libertades individuales porque no se puede pretender, por ejemplo, que la Policía pueda entrar a su casa pensando que algo está pasando”.

Un ciudadano promedio, no tendría por qué incomodarse ante la reforma, más bien la apoyaría, ya que pondría en cintura a más de un falto de sentido común. Empero, sin la reforma en  ejercicio, acontece que muchos agentes se atribuyen el poder de castigar, y perseguir a los ciudadanos. Lo sabe un consumidor pasivo de marihuana, que en tantas ocasiones ha tenido que “obsequiar” su dosis personal, aun cuando no esté fumando en espacio público. Lo saben los jóvenes que se reúnen en parques a compartir, en una ciudad en donde la noche parece estar negada. Lo sabemos muchos ciudadanos y lo desconocen miles de habitantes. Esta cultura presume que los ciudadanos son en principio culpables y no inocentes,  se nos gradúa de delincuentes.

UPJ , al camión, son palabras que identifican mas a la institución, en lugar de ambages como “SEA” Policía, Vivir el humanismo, Liderar y crear confianza, focos de acción que han  implementado y hacen parte de los cándidos ideales, desdibujados por la acciones subrepticias que los agentes personifican . Acciones policiales correctas claro que se seguirán dando, imagino que habrán estadísticas que tienen que cumplirse.

Nuevamente los vericuetos de la ley nos dejan inermes. En su casa, en la calle, a donde quiera que vaya lleve puestos los guantecitos de seda, le pueden servir para dos cosas, tratar a un policía con extrema suavidad -que raya en la reverencia-  o deslizar la manito por el bolsillo y darle las cincuenta mil razones que necesita para seguir el camino. Mientras su rostro se transfigura en un rictus de amargura. El respeto ante la ley, un vago circunloquio. Sino por que llamarlos cerdos.

¿A qué figura de individuo se le está entregando tanto poder? ¿Qué hemos estamos haciendo con el poder intrínseco que como individuos posemos?

El gobierno  olvida que los policías son humanos, los ciudadanos que estos prestan un servicio, y ellos en su ejercicio al parecer olvidan ambas cosas.