Suelo comerme las nubes mientras  mi cabeza las moldea a su forma de dulce o helado, el viento jala mis manos para seguir construyendo mi traje de astronauta, pese a que todavía faltan trozos de cartón y por supuesto alguna estrella o tal vez la luna que podría darle la magia que hace falta para irse al espacio.

Mis dedos torpes se inquietan cada vez más, por este universo conocido en algunos textos pero desconocido aun para mí, aunque mis huesos saben que el aire arrastrara mí cuerpo hacía el plasma intergaláctico y seré una mínima parte de esta galaxia infinita.

Mi nave espacial aún sigue en mi testa, sus trazos irregulares salen por mis ojos, ansió estar cerca de Saturno y girar con mi mano su anillo planetario, saltar al infinito y caer por los huecos negros.

De mi boca saldrán palabras extrañas que solo los extraterrestres podrán de cifrar, comeré cosas raras, jugare y aprenderé de sus dibujos.

Este sueño es el mejor de todos, no obstante ya término, he cerrado aquel libro ubicado en la sala infantil con agua en su pasta al saber que ya no puedo ser un astronauta de ochenta años.

 

Maria Fernanda Chambueta Cardozo