El fútbol es el deporte que mayores pasiones despierta en los colombianos. Desde las ligas y torneos nacionales, hasta los campeonatos de clubes y las copas de seleccionados, la fanaticada colombiana es una de las mayores y más coloridas de América Latina. La disposición y tiempo que cada hincha invierte para apoyar a su equipo, puede variar y depender de múltiples factores, pero el “amor” hacia un color, bandera o denominación sigue siendo trascendental y relevante, en especial, sí se tiene en cuenta que la Selección Colombia despertó viejos sentimientos románticos desde el pasado mundial en Brasil. Pero el romanticismo siempre es efímero; la Selección Colombia no parece estar rindiendo lo esperado y una parte de la hinchada parece estar molesta con los resultados obtenidos en esta Copa América. Sin embargo, las diferencias entre quienes siguen apoyando al equipo y quienes lo refutan, se diluyen cuando se aprecia el motivo detrás de tales pasiones: la búsqueda por una identidad nacional.

Esta conocida maniobra de usar espectáculos deportivos para promover sentimientos nacionalistas es casi tan vieja como la guerra misma.  En los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlin, la Alemania Nazi aprovechó este evento para hacer propaganda de su política de supremacía racial e imperialismo germano; mientras que durante la Guerra Fría, los Estados Unidos y la Unión Soviética se disputaban la medallería en cada torneo, para exaltar los valores políticos del capitalismo y el comunismo, respectivamente. En definitiva, La actividad deportiva es y siempre ha sido, una herramienta de disuasión política bastante fuerte y la mayoría de los países la siguen usando, no necesariamente para incentivar actividades físicas saludables.

¿Y qué hay de los hinchas? ¿Qué les podemos decir para que no se sientan acusados?  Pues por raro que parezca,  no son cómplices o culpables en  la trama, sino más bien, víctimas de unas industrias culturales, unos medios de comunicación y unos gobiernos que necesitan de cualquier tipo de distracción disponible, para impedir que la hinchada recuerde también, que son ciudadanos provistos de derechos y deberes en un Estado. Es una necesidad imperiosa para estos “entes” de control, que la sociedad encuentre su zona de confort en el esparcimiento y la recreación, para evitarse la molestia de responder a preguntas complicadas o a verdades inconvenientes. El engaño puede ser fundamental para la garantía del orden y la preservación de la ley.

Pero no me confundan, porque no busco deslegitimar al fútbol ni a ningún otro deporte. Por el contrario, quisiera exaltar la importancia del mismo para el desarrollo conductual de cualquier individuo (eso, sin mencionar las ventajas que representa para la salud física y mental de las personas) y para el desarrollo de valores sociales positivos (fraternidad, igualdad, cooperativismo, etcétera),  aún, cuando encuentro incoherente que se haga uso del deporte para izar banderas políticas o montar proyectos de nación, pues sobre estos últimos es que tengo mis mayores reproches, ya que la idea de que la Selección Colombia ponga fin al conflicto armado, al hambre en La Guajira y el Chocó, a la injusticia en el Quimbo o la anarquía en el Catatumbo, me parece no sólo absurda, sino irrisoria. Nada me puede convencer de que un equipo de fútbol le permitirá al país converger en un único proyecto de nación.  En fin, ese es el espectáculo y la razón misma de la ilusión; Misdirectionel arte de distraer o mover la atención hacia otro punto. Infortunadamente la suerte del hincha fiel es la misma que la del asistente a un show de magia.