Entre el frió aferrado a la lluvia, me muevo junto a la bolsa que cuelga de mis manos, llena de dulces que tal vez hoy podría vender, la mueca avezada en forma de sonrisa se pronuncia pegada a mi fugaz salida con la misión de cultivar en esta inmensa ciudad de la que a veces temo tragar, ristras interminables, contiguo al desagrado se evidencia turgente donde suelo sentir mis entradas tenebrosas en aquellas puertas de color rojo, mientras mis manos se ahogan en ansiedad al saber que deparara en cada serpiente a la que mis pies rondan con ositos de gomita, entretanto sus miradas de fuego esquivan mi cuerpo, el eco de mi voz y por supuesto mi presencia molesta a la mayoría de hormigas que habitan, soy un viajante ambulante como cualquiera aunque no lo entiendan, ustedes me señalan con humillación, opto por esta vida vana pero agotadora e inmediata para mí a modo de inoperante social que carga con mediocridad cada día.

Aborrezco sus gestos ilusorios que acostumbran adornar mis trayectos largos, pero no pienso desistir en lo que creo que me ha ilustrado al apreciar un buen gesto en contra de un gobierno inútil que me ha tirado a este hueco de sacrificio, un peso del que debo sobresalir al menos para sobrevivir, aún esto no me ha llevado al extremo del andén, arrodillado pidiendo limosna sigo cuestionándome por qué de tales acusaciones sin sentido, durante la usanza de un hombre que vende en la calle está por debajo de cualquier rata, malditos ignorantes que compran algunas veces mis dulces, me inquieta saber mi ulterior, no codicio permanecer en esta grieta donde la sociedad me marca una equis en mi espalda junto con sus ojos que entierra en mis manos la perdida instantánea de mi voz, que elocuentemente suena en algún vagón sin importancia aunque la masa insiste en verme transparente.
Maria Fernanda Chambueta Cardozo
Parásito