El llamado a la “resistencia civil” del Centro Democrático ha dejado muchos interrogantes y preocupaciones en diversos sectores políticos y de opinión. La inconformidad del uribismo con el proceso de paz se está convirtiendo en una amenaza para el mismo, pero la comparación hecha por el Presidente Santos, quien afirmó que la invitación de Álvaro Uribe se parece mucho a la que hizo Carlos Castaño años atrás, genera peligrosas inquietudes.  

Carlos Holmes Trujillo, la exfórmula vicepresidencial de Óscar Iván Zuluaga en las elecciones de 2014 ha sido uno de los principales portavoces del uribismo en los medios de comunicación. Para él y sus copartidarios, el llamado a la resistencia civil no es otra cosa más, sino un ejercicio plenamente democrático y absolutamente pacifico; un recurso legal para rechazar los acuerdos de paz en La Habana.  Sin embargo, para la Senadora de la Alianza Verde Claudia López, lo único que están haciendo los parlamentarios del Centro Democrático es faltar a las sesiones del Congreso y cobrar su sueldo gratis, mientras que para el Presidente Juan Manuel Santos, es una invitación insidiosa que puede dar legitimidad a la violencia contrainsurgente, propia de los grupos paramilitares de ultraderecha.

¿Es necesaria la resistencia civil a los acuerdos de paz con la insurgencia? ¿No es suficiente con mantener su postura política de oposición?  Para entender el alcance de un escenario de resistencia civil, tal como lo plantea el uribismo o como lo pronostica el Presidente Santos, es necesario regresar al pasado unos veintitantos años atrás, cuando un grupo de ganaderos decidió crear un movimiento político antagónico a la Unión Patriótica (UP), el sindicalismo y la izquierda en general; un partido que comulgara con las ideas y valores del cristianismo, las tradiciones propias de la familia conservadora y la defensa del capital y la propiedad privada. Así fue como nació el Movimiento de Restauración Nacional (MORENA), el brazo político de la Asociación Colombiana de Ganaderos del Magdalena Medio (Acdegam) y de los paramilitares de Puerto Boyacá comandados por el entonces abogado caldense, Iván Roberto Duque, quien sería conocido por el alias de Ernesto Báez.

Cuando Báez decidió emprender su guerra frontal contra las Farc, su primer objetivo fue eliminar a los simpatizantes de izquierda y a los sindicalistas (principalmente, de las empresas bananeras de la región), que apoyaran la tesis marxista guerrillera. Mientras su ofensiva militar fue consumada,  la legitimidad de sus actos eran refrendados políticamente a través del MORENA, que defendía la necesidad de proscribir al Partido Comunista Colombiano y a la UP, eliminando su influencia de los campos. En síntesis, el Movimiento de Restauración Nacional había sido concebido como brazo político del paramilitarismo y como resultado del éxito de la Unión Patriótica, partido que había nacido a partir de los acuerdos de paz de La Uribe, entre las Farc y el gobierno nacional.

La anterior experiencia debe permitirnos entender, que existe una delgada línea que separa a la política de la confrontación armada en Colombia. El propósito de los acuerdos de paz en La Habana, no es exclusivamente el de poner fin a la confrontación bélica con las Farc, sino también, el de eliminar a la violencia como forma de legitimación de las posiciones ideológicas; lo cual, no puede ser ignorado por el uribismo ni por sectores de la derecha tradicional. Es importante ejercer control y veeduría a los diálogos y pactos que hagan la insurgencia y el gobierno nacional, pero los llamados a la “resistencia civil” son recursos que pueden ser fácilmente malinterpretados y pueden representar además, la oportunidad para que viejos males regresen o se acentúen en el territorio colombiano.

Es irresponsable que el Senador Álvaro Uribe Vélez y el Centro Democrático hagan este tipo de llamados o invitaciones, pues aunque puedo descartar que el uribismo aspire a convertirse en el brazo político de un grupo de autodefensa, sigue siendo temerario hablar de resistencia civil a los acuerdos de La Habana, cuando una nueva generación de paramilitares ya está empezando a traer caos y terror en buena parte de la nación y parece estar de acuerdo con esta tesis.