En la Antigua Grecia se identificaban numerosas deidades con diversos atributos y poderes sobre los mortales. Cada una de ellas era venerada según las peticiones particulares que cada persona solicitaba en favor y milagro. Sí se buscaba justicia, por ejemplo, los griegos oraban a Temis, la mujer con la espada, la balanza y la venda sobre los ojos (esta última característica fue añadida posteriormente, posiblemente por los romanos) para que defendiera las leyes naturales, las buenas costumbres y el orden correcto de las cosas. Sin embargo, cuando esta diosa fallaba en su cometido y se recurría a la reciprocidad como único fin,  se invocaba a Némesis, la deidad primordial de la retribución divina y quien castigaba las ofensas de los hombres hacia los dioses y las criaturas celestiales. Su intolerancia hacia la soberbia de los mortales fue evidente cuando decidió sancionar a Narciso por haber rechazado cruelmente a la ninfa Eco, condenándolo a contemplar su rostro en un espejo de agua hasta su muerte. Pero sí los hombres rompían sus juramentos y pactos sagrados, las Erinias o Furias los atormentaban y torturaban eternamente hasta consumirlos; una de sus notorias victimas fue Orestes, quien fue asediado por haber asesinado a su madre en venganza por la muerte de su padre. Esta era la única forma de reciprocidad que se aplicaba ante la ausencia de justicia; la venganza.

Hoy en día, nuestros Estados han sido construidos a partir de leyes, estatutos y normas que rigen nuestro diario vivir, según convenciones aceptadas y establecidas en el contrato social vigente. Sin embargo, tales pactos no siempre operan correctamente y cuando las instituciones del orden y la seguridad no satisfacen las demandas sociales,  la injusticia y el delito se convierten en un problema sin resolver y el pueblo se alza y castiga la delincuencia por cuenta propia.  El resultado de esto parece ser únicamente la búsqueda de la retribución, pero hay analistas y académicos que piensan que la justicia callejera es tan peligrosa como el mismo crimen que la motiva. La violencia como respuesta a otras acciones igualmente violentas, no es otra cosa más que la reproducción de un conflicto que sí se repite lo suficiente se convierte en guerra.

Esta respuesta que muchos ciudadanos consideran, “natural” frente a hechos delictivos como hurto, homicidio, violación, secuestro, etcétera, es el síntoma de una enfermedad crónica en la sociedad, en donde la ética de las instituciones no es el único problema sino también, la de la ciudadanía. ¿Es más fácil linchar a un criminal que entregarlo a la justicia? En un Estado donde la ausencia de un proceso justo y la flexibilidad ante la delincuencia es natural, parece claro que la respuesta es afirmativa, pero, ¿es necesario? Juan Carlos Henao, rector de la Universidad Externado de Colombia y exmagistrado de la Corte Constitucional de este país, asegura en entrevista a la revista Semana, que, “estas situaciones suponen el quebrantamiento total del Estado (…) y guardando las proporciones, estos linchamientos son lo mismo que el paramilitarismo”.

https://www.youtube.com/watch?v=PETbuGQWQcI

Ahora bien, los medios que facilitan la resonancia y transmisión del mensaje parecen ser parte del mismo problema planteado por Henao. Los vídeos virales que se pueden ver en Youtube y otros canales audiovisuales de la red, muestran los linchamientos de ladrones como un triunfo del bien contra el mal; de una acción prosaica digna de ser inmortalizada y contada a las nuevas generaciones como cuentos de destreza, heroísmo y aventura. Los vídeos se venden con gran éxito y son recibidos con aplauso y gran aceptación por una sociedad que desconoce de la justicia formal y que no ve en las instituciones del Estado, garantía de paz, seguridad y orden.

Entonces,  ¿Cómo se convence al descontento? ¿Cómo garantizarle a la ciudadanía que no hay nada que temer, que la justicia prevalecerá y el crimen será castigado? La verdad es que mientras he estado escribiendo esta columna, he pensado en numerosas respuestas a estos interrogantes y todavía no consigo encontrar una sola que pueda dar algo de confort a tanto desasosiego e incertidumbre.  Pero quizá la solución no está en el futuro, sino en el pasado; en la memoria a la que debemos recurrir  si quisiéramos entender la sentencia del rector de la Externado: “estos linchamientos son lo mismo que el paramilitarismo”.

Lo importante es que no se pierda la iniciativa colectiva. Que la gente abandone la indiferencia y acuda en rescate del otro es algo tremendamente positivo. Lo que resulta rescatable de toda esta situación es la respuesta de la comunidad, más no lo que ésta resuelva hacer con el llamado. La denuncia y la solidaridad son armas formidables contra la delincuencia y sí a esto le agregamos la presión ciudadana hacia las instituciones del Estado, entonces podremos pensar en una verdadera solución al problema de la justicia. Será a partir de ese momento, que los hombres no recurrirán a los dioses de la venganza y la retribución.