La Unión Europea es una gran farsa y de “unión” no le queda nada sino el nombre. El proyecto político que pregonaba la fraternidad entre las naciones del viejo continente, desapareció una vez se confirmaron sus reales intenciones. La banca alemana se proclamó dueña y soberana de Europa, soltando a su bestia de guerra, la canciller Angela Merkel, para subyugar la soberanía de los pueblos y entregarla a los intereses del capital. El neoliberalismo es la doctrina a acatarse. 

La situación social en Grecia sigue empeorando. Las cifras de desempleo aumentan, el producto interno bruto de su economía retrocede y el corralito bancario empleado  para garantizar la liquidez de los bancos griegos, continua asfixiando las necesidades del pueblo. El gobierno izquierdista no tiene margen de maniobra y su política no puede ejecutarse. La presión de la banca alemana, de la Troika (el infame trío formado por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea) y de los gobiernos conservadores del continente encabezados por la Canciller Merkel, impide que el ejecutivo heleno  del Primer ministro Alexis Tsipras, tenga algo para negociar. Sin embargo, el pacto europeo contra Grecia va mucho más allá; es una conjura orquestada desde la opinión pública para herir al pueblo y legitimar el abuso capitalista. Es un diabólico arreglo orquestado en Bruselas y Berlin para garantizar la permanencia de un proyecto político que dejó de existir.

¿Dónde quedó el espíritu de fraternidad, unión y entendimiento entre las naciones europeas? Para empezar, habría que repasar la historia para entender que ya no existe tal espíritu en el viejo continente y que Alemania, la nación que destruyó y desoló a sus vecinos durante la Segunda Guerra mundial y que luego fue perdonada y exonerada de sus maldades, es la misma que hoy en día parece estar montando un nuevo proyecto de dominación. La canciller Merkel  olvidó, por ejemplo, que en 1953 los países aliados (EE.UU, Reino Unido y Francia) le perdonaron el 50% de la deuda contraída por la guerra, como muestra de solidaridad hacia el pueblo alemán para la recuperación de su economía. Pero este pequeño olvido hace parte de esa pérdida “selectiva” de memoria por parte del gobierno germano y de sus cómplices europeos, que legitima el estrangulamiento de Grecia y el desangre de sus arcas para alimentar a los bancos que alguna vez fueron tan nazis como el mismo Hitler.

Sin embargo, a Grecia solo le dieron dos opciones: quedarse con el Euro y someterse a las durísimas reformas fiscales dictadas desde Berlin; o renunciar a los rescates europeos y volver al Dracma (su antigua moneda). Al final, el gobierno griego apeló a la primera a pesar del resultado en el referendum del 5 de julio, en donde los ciudadanos helenos rechazaron mayoritariamente las políticas de la Troika y pese a que  Paul Krugman y Joseph Stiglitz (laureados del Nobel de economía), aconsejaron a Grecia abandonar la moneda común europea, al argumentar que las reformas de Bruselas seguirían trayendo desgracia y retroceso a la economía, a diferencia de una devaluación producto del Dracma, que aunque traumática en principio, podría favorecer a un crecimiento económico posterior y no socavaría la soberanía de su pueblo.

La decisión del gobierno de Tsipras tendrá consecuencias para Grecia que aún estarán por verse, pero de cualquier forma ha conseguido por demostrar la efectividad del chantaje alemán. El teatro orquestado por la Troika y la canciller Merkel ha triunfado y logrado que los griegos se humillen ante el abuso del capital. La Unión Europea ha muerto (sí alguna vez vivió) y los valores de la democracia han sido feriados en la bolsa de Frankfurt.