¡En la oscuridad! Aparecían los sonidos, entre mezclados en un cumulo incomprensible, aturdido, sin poder oír con precisión, desconociendo que producía tan atroz estruendo. El murmullo era cada vez mas fuerte, golpeteando mis tímpanos una y otra vez. Luchando en este inmenso caos, solo distinguía los latidos de un corazón. Un corazón que late en recelo, con un movimiento rítmico; Hermoso, Que da vida.

No sentida nada en aquel desconcierto. Mi cuerpo dejo de existir, y mis sentidos se habían extinguido. Soy una roca, que es arrastrada por un arrollo hacia el mas prominente torrente. Pude oler el temor, el aroma a orina, que el viento traía y penetraba en mi nariz. Me estremecieron los gritos, el llanto, el sufrimiento.

A pesar de las tinieblas logre sentir el meneo de mis piernas acercándose a aquel estallido de sentimientos melancólicos. Una explosión incontrolable con tal intensidad que revuelve mi cabeza, como las latas de los techos que cubren a los desafortunados en una tormenta inclemente. Una detonación que vacía mi cuerpo y lo llena de sustancias desconocidas para el hombre. Retornando del impacto mi sentido del tacto, perdido en la batalla contra la doctrina que nos ahoga con sus manos sucias y nos sumerge en la miseria. Aun no lograba ver, pero seguía escuchando…

Mi cuerpo se movía de un lado a otro, como una feroz fiera rodeando su presa., mientras injustificados insultos, se desprendían de mi boca, empujados por el aire que les da existencia. Allí afuera, en el desconocido lugar, entre las sombras. Hay alguien, un alguien que lucha por que sus suplicas seas escuchadas, como mujeres antes que sus hijos mueran víctimas del hambre y la enfermedad. Mi cuerpo, dominado, por un infiltrado inexplicable, que lleno el hueco cascaron que soy, con la depravación que solo afecta al mortal. Era alguien mas. Era algo mas. Sometía mi cuerpo a las mas desgarradoras decisiones y los mas bajos y horrorosos actos que te convierten en el asqueroso demonio, que se esconde tras pieles y sonrisas fulgurantes. Aquello lastimaba, hacia mal.

Note que mis manos chocaban con su rostro, una y otra vez. El deseo de llorar me ahogaba, como cuando nadaba en mares, donde las olas me empujaban hacia el fondo, tocando el lecho e impidiendo salir con rapidez de tan desesperante situación. Yo causaba tal dolor, que estremecía el universo, se deformaba, se destruía. Tal cual lo hacemos con nuestra tierra.

Detenerme Pensé mil veces. Sin embargo, mi cuerpo continuaba sin parar como un auto de juguete al que se le da cuerda y va hacia un noble abismo. Cada vez aquella persona gritaba menos. Se perdida el eco de su voz en el espacio, como si se perdiera el medio que transmite el sonido. Su corazón como una maquina estropeada se detenía, palpitaba lentamente. Temblequeaban mis piernas. El frió nefasto de la de la noche me arroja al suelo, empapado por la lluvia furiosa, que cae con tristeza por la ida del alma. Arrodillado y después de mucho, salí de las sombras con un dolor profundo que invade la muerte que se regocija. Vi su rostro, cubierto por el liquido rojizo, espeso. Tenia una mordaza en la boca la que le impedía buscar ayuda. Pero que le permitía arrepentirse de lo malo y clamar por su perdón.

!Su corazón se detuvo¡ Su sangre fluía pausadamente, mis ojos la seguían hasta que tocara mi rodillas. Manchándome, marcándome, despertando en mi, mi más desesperada sorpresa. Me quede allí mirando por horas, mientras mis lagrimas se confundían con las gotas de lluvia.

Juan Carlos Gonzalez