Ella quería que su hija se llamara Elsa, por que así se llamaba su abuela, lo engorroso del asunto es combinarlo con su apellido Polindo.  Cuando un hijo viene en camino, elegir el nombre es uno de esos temas blanco  de largas conversaciones e investigación, el nombre designa una identidad. Se piensa, en todas las posibles derivaciones que este pudiese tener, e incluso en primara instancia se contemplan los apodos. Imaginen una situación en la que una persona es llamada a lista por un nombre como Cohito, Bolsillo , Alka-Seltzer o Popo, con seguridad uno pensaría dos veces antes de levantar la mano y admitir que ese sea su nombre, eso sin contar con las burlas, humillaciones y deshonra que ello acarrea. Esta inconcebible verdad, es la realidad que viven los Indígenas Wayuu quienes han sido blanco de múltiples vejámenes, y abusos a punto de conducirlos al exterminio.

En los años 70 y 80 se realizó una  cedulación masiva para la comunidad indígena con fines políticos, contando cabezas se determino que habían muchos votos perdidos. Luego de hacer una larga fila para recibir esa tarjetica plástica que  estipula que se es ciudadano Colombiano, frente a respetados funcionarios de la registraduria y sin partida de bautizo en mano, los miles de indígenas fueron  pronunciando su nombre en  lengua wayuunaiki . Al no contar con un  intérprete,  a los funcionarios se le ocurrió la fascinante idea de bautizarlos (hecho que no se admite) , en ejemplo quien dijo llamarse Caito lo nombraron Cohito, Castorila se llamó Cosita Rica<, Anuwachón se llamó Jhon F. Kennedy, Arepuí Cotiz se llamó Alka-Seltze. Fue así como personas provenientes de diversas rancherías volvieron a su casa con un carga más, que tenía nombre propio, Tigre, Monja, Tabaco, Arena, Teléfono Popo, Capuchino entre otras miles de aberraciones. Adicional a eso todos quedaron registrados con una misma fecha de nacimiento, 31 de Diciembre y un notable manifiesto “no sabe firmar”. En vista de tan funesto espectáculo nace en el 2011 el documental  ‘Nacimos el 31 de diciembre’ dirigido por Priscila Padilla documentalista Colombiana quien para entonces afirmo – “Queremos que la Registraduría asuma su responsabilidad, no que vea en la solución tener una nueva cédula y ya, que se den cuenta del daño que se ha hecho” . Al respecto también se encuentran consignados los relatos de Estercilia Simanca Pushaina una líder Wayuu quien denuncio el caso por primera vez en el 2014 y que junto a su familia fue víctima de esta arbitrariedad. La líder también sostiene que hay personas que aún conservan hasta cuatro identidades.

Luego a alguien se le ocurrió, que de pronto, este hecho debería tener una rectificación pasados ya más de 40 años. Es así como nace el programa Yo me llamo, en el que se pretende cambiar los nombres absurdos impuestos a los Wayuu, que además les  imposibilita acceder a una vivienda,  subsidios educativos, de transporte o seguridad, y al cual se le designo un valor de 5.600 millones de pesos. El programa estaba diseñado para  ejecutarse a partir de Febrero del 2014. Estaba, tiempo pasado, ya que como mucho en este país  no se ha implementado, no se sabe que ha pasado y muy probablemente como mucho en este país no se sabrá. “Este País” despectivamente ya debería estar incluido en el himno nacional, tiene mas sentido de pertenencia que un “Oh, Júbilo inmortal”.  Mientras tanto es la muerte quien con el pasar del tiempo ha borrado el rastro de personas que fueron violentadas en su dignidad y honra. Los sobrevivientes piensan  dos veces la posibilidad de desplazarse hasta la Registraduria Nacional a realizar su cambio de nombre, pues el proceso no es sencillo y mucho menos económico si hablamos de familias en estado de pobreza y vulnerabilidad.

Según la tradición wayuu, al nacer,  a un indígena se le asigna un nombre con el designio de lo que vino a hacer a este mundo. Así, por ejemplo, Juya es cuidador del agua y Noshua es apaciguador de ánimos. Es por ello que conservar su identidad les resulta más importante que portar un documento.